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Música Clásica y ópera de Classissima

Simon Rattle

viernes 24 de marzo de 2017


Ya nos queda un día menos

6 de marzo

Conciertos para la mano izquierda con Fleisher y Ozawa

Ya nos queda un día menosTal vez sepan ustedes que Leon Fleisher (San Francisco, 1928) estuvo sin movilidad en la mano derecha durante treinta años, entre 1964 y 1994. Durante ese tiempo se dedicó al repertorio para la mano izquierda, incluyendo tres piezas escritas para el mítico Paul Wittgestein: el Concierto para la mano izquierda de Ravel, Diversions de Britten y el Concierto para piano nº 4 de Prokofiev. Junto a la Sinfónica de Boston y su entonces amigo Seiji Ozawa –los dos terminarían bastante mal por cuestiones referentes a Tanglewood–, Fleisher grabó las dos primeras piezas en 1990 y la tercera al año siguiente; en ninguno de las tres oportunidades los ingenieros de Sony Classical dieron lo mejor de sí mismos, y en el caso del compositor ruso resultaron incluso desacertados por la lejanía con que suena la orquesta.   Como era de esperar tratándose de Ozawa quien está en el podio, la obra de Ravel recibe una recreación fascinante en lo puramente sonoro –no tanto en lo expresivo– en la que, en perfecta sintonía con un Leon Fleisher sensible y matizado, el maestro oriental hace gala de sus signos de identidad ideales para el repertorio impresionista: fraseo curvilíneo y sensual, refinamiento extremo, enorme atención a los timbres y a las texturas y desarrollado sentido de la atmósfera. En este sentido, el arranque despliega auténtica magia y a partir de ahí impera un lirismo onírico verdaderamente cautivador. Ahora bien, puede uno plantearse si es exclusivamente eso lo que pide una página tan negra como esta, por lo que aun encontrándonos ante una gran interpretación, me sigo quedando con Gavrilov/Rattle (EMI, 1977) y Zimerman/Boulez (DG, 1996). Sensacional la recreación de ese conjunto de tema con variaciones, rico en texturas y situaciones anímicas, que es Diversions. Si en la interpretación de Donohoe y Rattle grabada el mismo año para EMI la obra parece un tanto naif y superficial, en esta los dos artistas, de toque sensible Fleisher y tan refinado como siempre Ozawa, se realiza un verdadero descubrimiento al profundizar en el lirismo emotivo y por momentos teñido de amargor que desprende la partitura. Por descontado, los dos artistas frasean con la distinguida elegancia que demanda la música de Britten. Podrán preferirse enfoques de mayor incisividad y de un humor más gamberro –el de esta lectura es más bien suave, incluso amable–, pero esta interpretación da la talla de la profundidad humanística que albergan las notas Queda Prokofiev. Ozawa ofrece la interpretación en él esperable, mucho antes lírica que dramática, pero precisamente por esto le falta algo de fuelle y de garra, mientras que el segundo movimiento no resulta del todo intenso por apostar por una visión excesivamente espiritual y ensoñada, frágil incluso. Leon Fleisher sintoniza con esta manera de hacer las cosas y ofrece un toque de apreciable lirismo y sensibilidad. No seré yo quien niegue precisamente la faceta más poética de Prokofiev, pero lo cierto es que a la postre esta visión resulta más unilateral de la cuenta. Mi favorita sigue siendo la de Postnikova con su marido Rozhdestvensky (Melodiya, 1987).

Ya nos queda un día menos

15 de febrero

Lugansky con Nagano: mejor Prokofiev que Grieg

Desigual disco este, registrado –con toma sonora quizá no tan espléndida como debería– en la Jesus-Christe Kirche berlinesa por los ingenieros de Naive en febrero de 2013, En él Nikolai Lugansky une sus fuerzas a la Deutsche Symphonie-Orchester Berlin y a Kent Nagano –que había sido titular de la misma entre 2000 y 2006– para ofrecer un programa de lo más atractivo: Concierto para piano nº 3 de Prokofiev y Concierto para piano de Grieg. Las cosas funcionan mucho mejor en la primera de las obras citadas. De ella el moscovita ofrece una espléndida recreación en la que luce un fraseo ágil, efervescente y con mucha garra, admirablemente acompañado por un Nagano vehemente, atentísimo al tratamiento de las texturas y dispuesto a resaltar, como el solista, los aspectos más angulosos de la escritura, al tiempo que subraya con acierto los aspectos inquietantes y oníricos que alberga la página. Lástima que no terminen de profundizar en el lirismo y la sensualidad que asimismo subyacen en los pentagramas, aunque afortunadamente tampoco hay caídas en la blandura ni altibajos en el discurso. En la maravillosa partitura de Grieg el enfoque vuelve a ser extrovertido, brillante, desplegando ambos artistas nervio bien entendido y una buena dosis de comunicatividad, pero ni el pianista logra sintonizar con el espíritu de la obra, cuyas frases más virtuosísticas les suenan un tanto desaprovechadas –sin llegar a ser mecánicas: su toque, además de prístino, es de apreciable riqueza–, ni el director logra desplegar la sensualidad y el lirismo humanista que la partitura necesita. Eso sí, Lugansky ofrece una cadenza de apreciable garra dramática y el maestro californiano aporta un regusto amargo –frases de la cuerda tras la referida cadenza, o todo el segundo movimiento– que resulta muy conveniente, mientras que la coda final está dicha con tremenda fuerza expresiva. ¿Mis versiones favoritas? Lang Lang con Rattle en Prokofiev y Arrau tanto con Dohnányi como con Sir Colin Davis en Grieg, aunque recojo otras no menos excepcionales en mi discografía comparada.






Ya nos queda un día menos

24 de diciembre

El Cascanueces por André Previn

Si la pasada Navidad les traje a ustedes un Cascanueces, concretamente el filmado en el Covent Garden bajo la batuta Rozhdestvensky, esta vez traigo dos: el registrado por la Sinfónica de Londres en 1972 y el de la Royal Philharmonic de 1986, en ambos casos para el sello EMI y bajo la dirección de uno de los maestros más injustamente olvidados en la actualidad: André Previn. El primero, que quien esto escribe no conocía, he podido escucharlo en su reciente reprocesado en alta definición. El segundo fue la primera grabación del genial ballet de Tchaikovsky que tuve en mi discoteca. He escuchado ambos en días consecutivos y me han hecho disfrutar un montón. No es en absoluto personal el Tchaikovsky de Previn. Tampoco es creativo ni tiene una especial garra. ¿Entonces? Creo que, como escribí en la comparativa del Romeo y Julieta tchaikovskiano, el secreto reside "en la convergencia de un gran dominio técnico, conocimiento del idioma, sensatez, buen gusto, pulso en absoluto nervioso y una apreciable dosis de inmediatez y comunicatividad". Yo añadiría ahora la portentosa capacidad de que hace gala el maestro berlinés para conseguir la máxima delectación melódica sin que se venga la tensión abajo ni se caiga en el preciosismo. Independientemente de lo perfecto del empaste entre las diferentes familias instrumentales, con metales brillantes pero no broncos –gran diferencia aquí con la escuela rusa de los Mravinsky, Rozhdestvensky– y unas maderas muy bien delineadas, aquí se impone el canto bellísimo, amplio y natural de una cuerda sedosa y cálida. Puede que en algún número se eche de menos un sentido del humor con mayor retranca, o una dosis más grande de chispa, de vitalidad y de extroversión. Y desde luego los resultados nada tienen que ver con el dramatismo de un Mravinsky –me refiero a su memorable selección del primer acto– ni con la tan discutible como genial y reveladora relectura Barenboim,  pero es difícil superar a Previn en su ortodoxia ajena a cualquier tipo de efectismo o amaneramiento. Alguien se preguntará si hay grandes diferencias entre las dos interpretaciones. Yo no las he encontrado. En la segunda hay algún número más lento, como la danza árabe –auténtica magia sonora– o el maravilloso paso a dos del segundo acto; este último es quizá, en la interpretación con la Royal Philharmonic, aquel donde el maestro alcanza su más alto grado de inspiración gracias a una portentosa mezcla entre carnalidad en el fraseo e incandescencia dramática. ¡Y qué música más extraordinaria! Por lo demás, da la impresión de que esta segunda lectura gana con respecto a la otra en depuración sonora, aunque tal impresión quizá se deba a una toma sonora muy superior: si la realizada en el Kingsway Hall ofrecía muy buen equilibrio pero sufría un ligero punto de distorsión y una gama dinámica constreñida, la registrada en Abbey Road es más natural en la tímbrica, posee mayor sentido espacial y se siente mucho más liberada en los clímax más decibélicos. ¿Otras posibilidades? Además de la de Rozhdestvensky, he comentado aquí las grabaciones de Gergiev, Barenboim, y Rattle. La de Ozawa, de la que tengo excelentes referencias, no la conozco. ¡Feliz Navidad!

Ya nos queda un día menos

2 de noviembre

Una cuestión técnica sobre el audio de los DVD y los Blu-rays

Un amable lector llamado Francisco me plantea en otra entrada la siguiente cuestión: "Quería iniciar una sana polémica al respecto de las diferencias sonoras entre un DVD y un Blu-ray cuando se escuchan en un equipo estéreo... Según tu opinión tanto como la de Ángel, el Blu-ray mejora ostensiblemente el sonido del DVD (tratándose de la misma versión, obviamente), incluso en sonido estéreo (según Ángel, y me consta que él prefiere escuchar en estéreo, al igual que tú prefieres el multicanal, creo; pero insisto, mi consulta se refiere al estéreo). Allá va la polémica: ¿Cómo es posible que se mejore tanto el sonido, cuando tanto en el Blu-ray como en el DVD (no en todos, ya lo sé), la pista estéreo es de la misma calidad, me refiero al sonido en calidad PCM... Es decir, el audio del blu-ray es PCM, y el audio del DVD es igualmente PCM... por así decirlo, la calidad es la misma... los unos y ceros del archivo son los mismos, la reconstrucción de la onda sonora a partir de esos unos y ceros debería ser la misma, no?Valga decir que en algunos (pocos) Blu-ray he encontrado pistas estéreo en calidad True-HD, pero la inmensa mayoría están codificados en PCM, y valga decir que la calidad del sonido de algunos DVD (lógicamente, con su pista en estéreo en formato PCM, no en dolby), es inmensa, buenísima (por ejemplo, el Tannhäuser de Barenboim en DVD suena increíblemente bien)."Pues bueno, no sé muy bien cómo responder. Aquí abajo van algunas ideas, con la esperanza de que otros lectores puedan realizar aportaciones más sustanciosas al asunto. Quedo agradecido de antemano. a) El sonido de un DVD en PCM estéreo en teoría es similar al de un CD, aunque a veces hay diferencias ostensibles –tanto a mejor como a peor– debido a que la fuente no es la misma (pienso ahora en las filmaciones de Unitel que salieron paralelamente en CD: es posible que la toma del audio y la del vídeo fueran diferentes). O tal vez se deba a que en el DVD se realiza una nueva mezcla a partir de las pistas originales. b) El sonido de un DVD surround lleva compresión, tanto en AC3 como en DTS, y por ende pierde en ese sentido, aunque gana en espacialidad. Personalmente, y como tengo un equipo multicanal, prefiero el DTS al PCM estéreo, aunque lleve compresión. Otra cosa es que ese DTS sea genuino, es decir, realizado con micrófonos por toda la sala y separando las pistas de los canales traseros, o se trate más bien de un producto de laboratorio a partir de una fuente estéreo corriente y moliente, que es lo que ocurre, por ejemplo, con los DTS de Deutsche Grammophon o Decca incorporados a filmaciones de los años setenta y ochenta. c) El Blu-ray siempre sonará mejor que un CD y que un DVD, al menos en teoría. Las pistas audio de un Blu-ray normal de vídeo, tanto en stereo como en surround, van a 48kHz 24bit, en lugar de los 44kHz 16bit que son propios del CD. Los Blu-ray Pure Audio ascienden a los 98kHZ, e incluso hay alguno de vídeo (pienso en el Concierto de San Silvestre por Rattle y la Mutter) que ascienden hasta los 96kHz. A mi entender, los Blu-rays multicanal grabados en los últimos años (¡no valen transcripciones de registros antiguos!) ofrecen una calidad aplastantemente superior a la de los CDs de toda la vida. Cosas como el Mahler de Chailly o el Bruckner de Barenboim alcanzan cotas de calidad sonora jamás escuchadas.

Simon Rattle

Sir Simon Rattle (19 de enero de 1955) es un director de orquesta inglés. Adquirió preeminencia como director de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham, y actualmente es el director principal de la Orquesta Filarmónica de Berlín.



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